Durante los meses de agosto y septiembre, la Casa de Ejercicios Espirituales Cristo Rey El Hatillo, como cada año, ofrece la experiencia de profundizar y renovar la vida consagrada a través de los Ejercicios Espirituales Intercongregacionales.
Esta experiencia se convirtió en un verdadero regalo de Dios y en una apuesta firme por cultivar la vida interior, el encuentro profundo y el discernimiento personal y comunitario en un momento histórico particularmente desafiante.
Contemplación y discernimiento: el núcleo de la experiencia
Guiadas espiritualmente por los padres de la Compañía de Jesús, las religiosas participantes nos sumergimos en una dinámica de profunda contemplación. El método de San Ignacio nos brindó las herramientas necesarias para ordenar los afectos, escuchar la voz del Espíritu y afinar nuestra capacidad de discernir la voluntad de Dios en el aquí y el ahora de nuestra misión.
Una sensibilidad renovada tras el sismo
Un elemento que marcó de manera transversal el tono de estos Ejercicios Espirituales fue el contexto en el que se desarrollaron. Llevar adelante los Ejercicios Espirituales tras el terremoto transformó el silencio en un espacio de sanación y resiliencia. El eco de la fragilidad vivida nos hizo experimentar los días de retiro con una sensibilidad diferente, mucho más encarnada y solidaria. Lejos de paralizarnos, el recuerdo de la emergencia nos movió a una gratitud mayor por la vida y nos otorgó una profunda lucidez para afrontar los desafíos futuros que se vislumbran para nuestras comunidades y para el pueblo que acompañamos.
La riqueza de la intercongregacionalidad
Otro de los grandes aciertos y motivos de acción de gracias de este encuentro fue su carácter intercongregacional. Compartir el silencio, la mesa y la fe entre diversas familias religiosas enriqueció la experiencia eclesial. Esta diversidad de carismas, unida en un mismo Espíritu, ensanchó nuestra mirada de la vida consagrada, recordándonos que caminamos juntas en la construcción del Reino y que la sinodalidad se teje en el compartir fraterno.
Agradecemos a los padres jesuitas Jorge Ulloa, César Muziotti y Eduardo Soto por seguir compartiendo la misión, y a las hermanas y al equipo de laicos de la Casa Cristo Rey por ser un pulmón espiritual para la Iglesia y la sociedad venezolana.
Regresamos a nuestros frentes de misión renovadas, con el corazón encendido y la mirada puesta en el futuro con esperanza.
Donde habita el Espíritu: memoria y fe inculturada del pueblo Wayúu
Reflexión teológica y vocacional en el marco del 12 de octubre
Hna. Suhail Echeto ECR
Hoy es un día propicio para reflexionar sobre la vocación, no desde la abstracción teórica, sino desde la propia biografía, encarnada en la cultura, la ancestralidad, la tradición, la lengua, la cosmovisión e identidad que configuran la historia vocacional de una persona indígena consagrada.
Soy Suhail Echeto, mujer indígena del pueblo Wayúu, perteneciente al eiruku Epieyuu y religiosa Esclava de Cristo Rey. Concibo mi vocación cristiana como un despertar integral: un proceso en el cual Dios no se presenta como un extranjero, sino como Aquel que ya habitaba de manera silenciosa y viva en la belleza, la dignidad y la sabiduría de mi pueblo.
Lejos de lecturas controversiales o polarizadas, estamos llamados a releer la historia desde una profunda perspectiva evangélica. Abrazar la fe cristiana y la vida consagrada exige una alta capacidad de diálogo con la alteridad, valor que aprehendí, de manera viva, en mi propia matriz familiar y cultural.
Sin embargo, este camino no está exento de serias dificultades: la interculturalidad tropieza con frecuencia con el obstáculo del etnocentrismo y la persistencia de esquemas coloniales que pretenden imponer una visión monocultural de la fe, ignorando la revelación de Dios presente en las semillas del Verbo sembradas en la historia de los pueblos.
Desde la época colonial, el pueblo Wayúu ha permanecido fiel a sus valores ancestrales, a su lengua y a sus costumbres, atravesando constantes tensiones provocadas por el analfabetismo espiritual hacia nuestra cosmovisión y por las barreras lingüísticas. A pesar de estas heridas y de una histórica desconfianza, los Wayúu hemos demostrado una notable capacidad para trascender la discriminación y los prejuicios, testimoniando que no es necesario renunciar a la identidad originaria para acoger plenamente el Evangelio.
Por el contrario, cuando se supera la tentación de la homogeneización cultural, la fe cristiana resignifica y plenifica la cosmovisión ancestral, al tiempo que la identidad indígena ofrece a la Iglesia un rostro más auténtico, liberador y encarnado de la fe.
Hoy es también un día oportuno para alzar la voz, visibilizar y tomar conciencia sobre la responsabilidad histórica que compete al conjunto de la sociedad —en la pluralidad de sus actores e instituciones— respecto a la defensa incondicional de la dignidad y los derechos humanos de los pueblos originarios; derechos que, tanto ayer como hoy, continúan siendo atropellados por intereses económicos, políticos y lógicas de desarrollo extractivista o tecnológico.
Incurrir en los mismos errores del pasado perpetúa la injusticia. La sociedad del tercer milenio enfrenta la exigencia ética y el desafío histórico de sanar viejas heridas estructurales, constituyéndose en un puente efectivo hacia una humanidad verdaderamente fraterna. En este horizonte, la interculturalidad deja de ser un mero enunciado teórico para convertirse en territorio del Espíritu: un espacio sagrado de encuentro, reciprocidad y plenitud compartida.
Maleiwa, Nuchon Maleiwa, chi Anamiakai.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Las vidas concretas de los indígenas consagrados y consagradas en Venezuela son testimonio vivo y encarnación del amor trinitario por toda la humanidad. En el complejo contexto actual del país, nuestra entrega cotidiana se mantiene obstinada en la tarea de tejer y reconstruir los lazos de la fraternidad universal. De este modo, la interculturalidad y la diversidad cultural se transforman en lugares teológicos donde la Buena Nueva del Evangelio nos va configurando, progresivamente, como una sola familia humana y de los hijos e hijas de Dios.
