Un camino compartido para celebrar con belleza y vivir en santidad

Crónica del curso “Cartografía Espiritual”

Hace ya algunos meses recibí la invitación de parte del padre Diego Figueroa y de la asociación Gothia a participar como profesora en Aestiva Aula: “Celebrar con belleza para vivir en santidad”. Viendo el elenco de excelentes profesores me sentía pequeña y vulnerable, pero ciertamente no imaginaba del todo la riqueza de lo que íbamos a vivir. Hoy, al mirar aquellos días con un poco de distancia, siento sobre todo gratitud: por la oportunidad de compartir, por las personas encontradas y por haber podido ofrecer, desde nuestra espiritualidad de Esclavas de Cristo Rey, algo de lo que hemos recibido.

El curso que impartí llevaba por título: “Cartografía espiritual: explorando la ruta hacia la santidad”, una propuesta que partía de una imagen sencilla: la vida cristiana es un mapa donde caminamos y, como todo caminante, necesitamos aprender a orientarnos a través de algunas coordenadas como el discernimiento para transitar los distintos territorios (montaña del encuentro con Dios, el desierto de la prueba, la frontera que te obliga a salir de ti mismo y el valle de la vida cotidiana) hasta llegar a la meta del encuentro definitivo con Dios. Pero este curso era solamente una pieza dentro de una experiencia mucho más amplia. Elisenda Almirall Fuster nos habló de la Via pulchritudinis: el camino de la belleza; Gaspar Muñiz Álvarez de una Introducción a la mistagogia cristiana; Ángel Castaño Félix, nos ilustró con su reflexión sobre La cooperación de la Virgen María a la redención; y Manuel González López-Corps, nos acercó a la Pedagogía de la celebración hispano-mozárabe. Todos estos cursos fueron enriqueciendo aquellos días desde distintas perspectivas. También contamos con César García de Castro Valdés, que nos acompañó desde su experiencia como historiador y arqueólogo. Sus explicaciones sobre la historia de Don Pelayo y los orígenes del reino de Asturias, unidas a su mirada arqueológica, nos ayudaron a acercarnos a aquellos lugares de una manera nueva. Escucharle hablar allí mismo, ante los monumentos y vestigios que íbamos descubriendo, permitía comprender que no estábamos simplemente visitando lugares de gran belleza, sino pisando una tierra cargada de historia, de memoria y de raíces cristianas. Su aportación nos ayudó a mirar más allá de las piedras y a descubrir todo lo que esos espacios siguen contando hoy.

Por las tardes salíamos de las aulas para recorrer Asturias, acercarnos a lugares cargados de historia, belleza y fe, y celebrar allí lo que durante la mañana habíamos ido descubriendo. El recorrido no era simplemente un complemento de la formación; se convirtió en parte de la propia experiencia. Íbamos caminando físicamente de un lugar a otro, pero, al mismo tiempo, hacíamos también un recorrido interior.

Fue especialmente emocionante poder celebrar la Eucaristía en rito hispano- mozárabe en algunos de aquellos lugares. Vivir allí una celebración que recuperaba una tradición litúrgica vinculada a la Iglesia hispana antigua tenía algo profundamente conmovedor. Saber que en algunos de esos espacios habían pasado siglos desde la última celebración de este rito y poder escuchar de nuevo aquellas oraciones, aquellos cantos y aquellos gestos, hacía que la historia cobrara vida ante nosotros. No estábamos simplemente contemplando un patrimonio del pasado: estábamos participando, de algún modo, en la recuperación de una memoria viva de la Iglesia.

Todo ello nos permitió experimentar de una manera muy concreta que la belleza puede abrirnos a Dios. La belleza de los lugares, de la liturgia, de la música, de la tradición y también de los encuentros nos ayudaba a descubrir que la fe no es solamente algo que aprendemos: es algo que celebramos, contemplamos y vivimos.

También fue un regalo poder contar con el acompañamiento de los obispos Mons. Juan Antonio Martínez Camino SJ y Mons. Jesús Sanz Montes, cuya presencia enriqueció estos días y nos hizo experimentar aún más la dimensión eclesial de esta experiencia.

Y junto a todo esto estuvieron los encuentros. En las comidas, en los desplazamientos, durante las visitas y en las conversaciones fueron surgiendo vínculos muy sencillos y, a la vez, muy valiosos. Pudimos escucharnos, aprender unos de otros, compartir experiencias y descubrir la riqueza de una Iglesia que camina unida, en la que cada persona aporta desde lo que es y desde lo que ha recibido.

Para mí, además, estos días tuvieron un significado especial como Esclava de Cristo Rey. Me hicieron tomar conciencia, una vez más, de la riqueza que tenemos entre manos. Nuestra espiritualidad tiene mucho que ofrecer a la Iglesia: nuestra pasión por la formación, la búsqueda de Dios, el discernimiento, la disponibilidad, el servicio y nuestro deseo de ayudar a cada persona a descubrir su propio camino. Por eso creo que necesitamos hacer más visible nuestra espiritualidad. No para hablar de nosotras mismas, sino para compartir un don que hemos recibido. A veces podemos pensar que lo que vivimos dentro de nuestra Congregación es demasiado conocido por nosotras o demasiado propio. Sin embargo, cuando salimos y lo compartimos, descubrimos que puede iluminar a otros, suscitar preguntas y abrir nuevos caminos.

Me quedo, sobre todo, con esa imagen del camino. Personas diferentes, con historias, vocaciones y experiencias distintas, caminando juntas, aprendiendo, celebrando y dejándonos sorprender. Quizá eso fue Asturias para mí: una pequeña experiencia de Iglesia peregrina y, al mismo tiempo, una invitación a seguir trazando caminos para que otros puedan encontrarse con Cristo.

Volví de Asturias con mucha gratitud y con una certeza renovada: tenemos un tesoro que merece ser compartido. Y merece la pena seguir caminando, con sencillez y alegría, para hacerlo visible.

Mar Camargo Candelas, ECR

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