Las semanas que pasé en el Carmen de Bolívar me cautivaron.
Sus gentes, sus canciones, sus gaitas y sus llamadores…me atraparon. La experiencia de estas semanas junto a las Hermanas de Cristo Rey han dejado en mí una huella imborrable y el deseo de volver.
La preparación y el acompañamiento con la Hermana Cecilia y la Hermana Viviana, me ayudaron a reflexionar y a discernir con calma y con claridad mi camino; y los encuentros que tuve con la Hermana Aminta me permitieron anticipar la realidad del Carmen de Bolívar y concretar las actividades que podría realizar aportando mi experiencia de vida personal y profesional. El hecho de haber compartido el año anterior una experiencia parecida en Cuba, hizo que el proceso de preparación fuera más concreto y realista.
El viaje fue largo y requirió de una escala en una Bogotá muy fría antes de volar a Cartagena y de un trayecto en taxi por barrios marginales con cientos de personas hacinadas y descalzas por las calles antes de llegar a La Terminal de autobuses. Después comenzó un trayecto de cerca de 3 horas en autobús hasta llegar al destino final: La Santa en El Carmen de Bolívar. El contacto con la realidad de la pobreza a través de la mirada y la sensación de calor y humedad constante desde que llegué a Cartagena se sumaron a la sorpresa del trayecto en el autobús con paradas en numerosos pueblos con puestos de comida y de productos típicos mezclados con paisajes frondosos con una vegetación variada y vistosa.
Quisiera agradecer a las Hermanas la gran acogida que sentí al llegar a su casa y la cercanía y el cariño que me han brindado durante las semanas que ha durado la experiencia. Además del agradecimiento siento una gran admiración por su entrega y compromiso a pesar de las adversidades del día a día acentuadas por la ausencia de agua que hemos tenido con una frecuencia mayor a la esperada. Su actitud y su implicación en las tareas del hogar, en las compras y previsiones semanales, en los momentos de oración y de misa con el Padre Danilo, en el cuidado de la capilla, en el acompañamiento a las personas del pueblo, en el cariño y el cuidado en la preparación de las actividades con los niños, con los jóvenes y los mayores y en la Pastoral del colegio, han sido un gran ejemplo para mí.
En estas semanas he tenido la oportunidad de aportar y compartir mi experiencia y conocimiento profesional con la Hermana Aminta en el Equipo de Bienestar del colegio IETEECA y con su claustro, diseñando y llevando a cabo sesiones de formación relacionadas con la diversidad y la inclusión; también he podido participar en talleres para familias, compartiendo mis conocimientos sobre la adolescencia o la orientación vocacional y la toma de decisiones; y tuve la oportunidad de acompañar a los dos grupos de quinto grado durante sus clases de inglés. Quedé encantada con el diseño del colegio, con sus paredes pintadas y quedé impresionada con el ruido constante por la ausencia de cristales en las aulas y despachos, y el calor axfisiante con el que se imparten las clases, se reciben los contenidos o se forma a los profesores o familias. Necesité algunos días para adaptarme a esas condiciones, bajando el ritmo de mi caminar, de mis movimientos y ajustando las expectativas con ciertas dosis de café. Sentí el cariño de las profesionales que forman ese gran equipo y su ilusión por avanzar y por acompañar a sus docentes y alumnos haciendo su colegio más inclusivo. Sentí el compromiso del director del colegio y su deseo de dar continuidad a la experiencia de voluntariado.
También he podido participar en la Pastoral social con la Hermana Ofelia, acompañada por la señora Madis y la señora Leyla visitando a vecinos enfermos o demasiado mayores para poder salir a caminar o a participar en las actividades de la parroquia y esos encuentros me conmovieron al tomar conciencia de las realidades tan duras que viven algunas personas y de la aceptación y resignación que muestran, unidas a la alegría sincera de las visitas que recibían y a la ilusión de poder recibir otra visita en otro momento. Los senderos de tierra con basura que sustituyen a las calles; y los maderos, plásticos y metales que sustituyen a las paredes y techos, eran un claro reflejo de la falta de dignidad de esos hogares y sin embargo contrastaba con las risas de los niños descalzos correteando por la calle o de la mirada sincera y agradecida de las personas que allí vivían.
Fue muy especial mi participación en el grupo de música de mayores con Marli y Fernalis, con un proyecto educativo donde el contacto con la música es el vehículo de superación y gestión de la tristeza y el dolor que muchos de los mayores del Carmen de Bolívar tienen en su interior por las duras experiencias vividas con la guerrilla hace años, pero que tienen aún presente. Ese grupo de adultos mayores aprendiendo a tocar llamadores, guaches, tambores y gaitas ha llegado a lo más profundo de mi corazón y me ha permitido conectar con los orígenes de ese pueblo, con sus raíces y sus canciones. Risas al practicar con los nuevos instrumentos y risas al bailar al son de los tambores y maracas que me llevo grabadas, junto con el espacio acogedor del patio de la señora Madis, en compañía de sus loros, sus perros, incluso su tortuga!
Pude dedicar parte de mi jornada a acompañar a la señora Teresa en el aprendizaje de la lectura con la ilusión de aprender para poder leer la Biblia y poder ayudar a su nieto en la escuela, y de acompañar a José Luis y Carlos Andrés, dos hermanos de 14 y 15 años sin escolarizar, en el apoyo escolar y la práctica de las tablas de multiplicar, los dictados y la lectura; cuánto compromiso y entrega de Teresa, caminando una hora cada día para recibir sus clases y cuánta frustración en los hermanos, conocedores de sus dificultades pero deseosos de volver al colegio. Qué bonito que la Hermana Ofelia y la Hermana Patricia puedan estar dando continuidad a estos acompañamientos.
Otra parte importante de la experiencia estuvo centrada en los grupos de jóvenes y adultos con los que compartí varias sesiones de crecimiento y conocimiento personal. Distintas actividades y dinámicas nos permitieron conocernos un poquito más, aprender a gestionar nuestras reacciones y a entender nuestras emociones. Me llevo el bonito recuerdo de la gran tela de araña que tejimos simbólicamente compartiendo vivencias de superación y de resiliencia.
Por otro lado, tuve la oportunidad de participar en el proyecto de los niños los sábados, junto con la Hermana Socorro; niños que acuden cada semana a colaborar y participar en actividades, a desayunar y almorzar con sus amigos en un entorno cercano y cuidado, recibiendo una educación y valorando
Qué mañana más completa pasamos haciendo las botellas de la calma para cada uno, disfrutando de las texturas, el colorante, la purpurina y la glicerina. El grupo de niños es sin duda uno de los proyectos que llega de forma clara y directa a los más vulnerables y necesitados.
Además de estas experiencias tan enriquecedoras, donde he podido compartir y aportar mi granito de arena y donde he recibido infinito cariño y aprendizajes de vida, tuve la suerte de participar en el encuentro que hubo en Bogotá de la familia Legariana, conociendo y conviviendo de nuevo con personas excepcionales y con Hermanas igual de comprometidas. Pude reencontrarme con Lianka y tuve la suerte de conocer y experimentar el camino a mi Murchante y compartirlo con otros muchos laicos comprometidos. Qué viaje y qué vivencias tan bonitas compartidas con la Señora Madis, Miguel, Lader, Miguelito y la Hermana Ofelia.
Y no faltaron momentos de risas, sobremesas con anécdotas, ratitos de paseo, de compras, de mototaxi con microondas, de diálogo sincero, de acompañamiento personal y familiar… no faltaron los cubos de agua con Patricia, los desagües de la lavadora siempre bien aprovechados, los zumos ricos y fresquitos y los sumos no tan ricos… la raqueta de los mosquitos siempre recargada, los cortes de electricidad nocturnos y la búsqueda fallida de cucarachas o el atasco en el baño… Incluso pudimos disfrutar de una escapada a Cartagena, donde hubo espacio para pasear y comprar recuerdos, para desconectar y perdernos entre sus calles, para disfrutar y experimentar los baños en el mar, compartiendo ratos con la Señora Miriam y el Padre Julio y nuestro querido y no tan querido Titán.
Me llevo un pedacito de Colombia en lo más profundo de mi ser y se lo agradezco a las Hermanas y a la misión del Carmen de Bolívar, por abrirme sus puertas y hacerme sentir como una más y por acercarme un poquito más a la realidad y a la adversidad que tantos seres humanos atraviesan. Esta vivencia sin duda me ha permitido darme de muchas formas a los demás pero también me ha hecho consciente de todo lo que he podido recibir y sin duda me he acercado más a Dios, a un Dios compasivo y cercano que a través de las Hermanas Esclavas de Cristo Rey tiende la mano a tantos niños, jóvenes, adultos y ancianos en Colombia.
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María
